España necesita un plan de reindustrialización

ndp_pildora_8.png

El sector servicios sigue ganando peso en la economía española. Y probablemente así deba de ser, ya que la terciarización de la economía es un fenómeno propio de las economías desarrolladas y, en el caso de España, hace ya tiempo que ocupa una posición más que relevante en la estructura productiva y laboral de nuestro país.

Sin embargo, no en todas las economías avanzadas la terciarización se ha manifestado con la misma dimensión, ni ésta es necesariamente negativa si una parte importante de estos servicios son avanzados, tienen un fuerte componente tecnológico y son intensivos en conocimiento. Lamentablemente este no es el caso de España.

El peso de la industria en el PIB español en el año 2000 era del 18,7 por ciento y en 2018 del 16 por ciento. Es cierto que la industria del conjunto de la eurozona y, en general, la de los principales países europeos ha seguido una evolución similar a la de España (su peso en el VAB total ha pasado del 22,4% en 2000 al 20,1% en 2018). En cualquier caso, la distancia del peso de la industria de otros países pone de relevancia para nuestro país su capacidad de mejora.

Y no es solo una cuestión de pérdida de peso en la economía lo que nos lleva a tener la industria tan presente. Nos lleva ocupando los últimos años por la irrupción del concepto de la nueva industria, lo que denominamos industria 4.0, que aglutina la irrupción de distintas tecnologías (IA, Big Data, Robótica Colaborativa, Producción aditiva…) que están transformando radicalmente los procesos productivos.

Junto con esta transformación tecnológica, otro gran cambio en el que está inmersa la Industria es la transición ecológica cuya necesidad no solo responde a los compromisos asumidos por todos los países firmantes del Acuerdo de París de 2015, sino a la necesidad de avanzar en un modelo eficiente en el uso de los recursos.

La transformación digital y la transición ecológica se convierten en palancas clave para seguir potenciando la competitividad de la industria a nivel global y la industria española no está en la cabeza de ninguna de estas transformaciones.

En 2019 la industria tocó mínimos tras el verano y saltaron todas las alarmas con la caída de las ventas industriales en un contexto de ralentización de la economía mundial por la incertidumbre en torno al comercio mundial.

Parece que las aguas se están calmando con la reducción de las hostilidades comerciales a nivel mundial, sin embargo, tras la coyuntura vivida por la industria, merece la pena recordar por qué es un elemento crítico para el desarrollo de una economía sostenible y de futuro como todos queremos que sea la española.

Sin duda alguna, es la especialización industrial la que aporta a unos países una posición de ventaja con respecto a otras. Las economías más desarrolladas europeas poseen una base industrial fuerte y la misma es clave para el crecimiento equilibrado de una región por su capacidad de mejorar la competitividad de la economía, su importante nivel de inversión en innovación y su alta capacidad exportadora.

Las actividades industriales destacan como impulsoras de la innovación tecnológica ya que la industria predomina en la generación de innovaciones de producto y proceso, y es, a la vez, la principal usuaria de las innovaciones y tecnologías generadas por otros sectores. Además, como sector intensivo en innovación, la industria se convierte en un elemento de estabilidad de las economías por su capacidad de adaptarse al entorno y a los ciclos económicos adversos.

Cómo consecuencia de la estabilidad y del alto nivel de competitividad que la industria aporta a una región, genera empleos de mayor calidad, más estables y mejor remunerados. Además, tiene un efecto multiplicador del empleo: cada empleo en el sector manufacturero crea 2,2 empleos en otros sectores de la economía.

Este carácter estratégico de la industria en la economía hizo que, en 2014, la Comisión Europea se pusiera como objetivo relanzar la industria en Europa como eje del crecimiento económico, fijando el 20% del PIB como la meta a alcanzar en 2020. De esta manera, se puso de relevancia la industria como la columna vertebral de la economía europea.

Volviendo la vista al caso español, con un bajo nivel de industrialización, no nos puede sorprender que el nivel de innovación empresarial esté por debajo de lo que se esperaría dado el tamaño de nuestra economía.

Hay excepciones, ya que se observa como las cuatro primeras comunidades por peso industrial País Vasco, Madrid, Navarra y Cataluña (con un peso de la industria en su PIB por encima del 20%) lo son también, en gasto en I+D. Según los últimos datos de 2018 estas 4 regiones lideran el gasto en I+D, todas ellas con un porcentaje de inversión sobre el PIB muy por encima de la media nacional del 1,24%.

Para acabar de entender la situación de la industria española deberíamos mirar a sus sectores, ya que, la principal diferencia de la industria nacional frente a otros países es su tipología de sectores ya que los nuestros son menos intensivos en tecnología. Tampoco podemos pasar por alto el tamaño de la industria. El elevado peso de las empresas de pequeño tamaño en comparación con otros países condiciona la productividad del mercado español y dificulta, la profesionalización, la innovación, el crecimiento y la expansión internacional de algunos sectores.

En definitiva, en un momento en el que los retos de la transformación digital y la transición ecológica están en todas las agendas comprometidas con la industria, España todavía tiene una tarea pendiente en la definición en su modelo de Industria, su tamaño y fortaleza en la economía.  

En 2019 y atendiendo a la preocupación creciente de agentes vinculados al sector, el Ministerio de Industria impulsó el desarrollo tanto de un Pacto de Estado como de un Plan Estratégico de Industria.

Con un gobierno recién constituido, y con la preocupación por la ralentización del crecimiento económico previsto para los próximos años, se hace más necesario que nunca definir un Plan Industrial para España que de estabilidad a nuestra economía y que la posicione en el lugar que le corresponde por su nivel de desarrollo económico. Reino Unido, en pleno debate sobre el Brexit, fue capaz de definirlo y de ponerlo en marcha.

Deberán acometerse carencias importantes como el tamaño de las empresas, los costes energéticos, las deficiencias logísticas o la escasez de vocaciones técnicas, pero, dicho Plan deberá apostar por sectores, dónde las capacidades tecnológicas actuales y los desarrollos tecnológicos futuros sean centrales. En definitiva, un Plan que se alinee con la estrategia de innovación para que nuestra economía se desarrolle de una manera sostenible.